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  • Agustín García Calvo
  • Agustín García Calvo (1926-2012)
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15.03.1993

¡No se declare a Hacienda! Hay otros amores

¡No se declare a Hacienda! Hay otros amores
¡No se declare a Hacienda! Hay otros amores. El País. 15 de Marzo de 1993
 
 
 

No se Le declare usted, niéguese a hacerLe su Declaración; o postérguela indefinidamente: para morir, siempre hay tiempo.

 

¿Por qué va a tener usted que declararse? ¿Será por eso que Ellos le pregonan de que "Hacienda somos todos?" Pues entienda V. lo que quieren decir con eso: que quieren decir dos cosas, o la misma del derechas y del revés.

 

Por un lado, quieren que Hacienda, esto es, el Estado, sea lo mismo que todos los ciudadanos sometidos al Estado: ésa es su ilusión, su aspiración eterna, sólo que más descarada en el Ideal Democrático Desarrollado: que el Dominio se confunda con los dominados, que la Mayoría, sumisa y bien contada, sea todos, y que el pueblo que moría bajo el Estado sea lo mismo que el Estado.

 

(Claro que, si es V. una Empresa, un Consorcio Bancario, una Agencia de Promoción, un Ente Televisivo, cualquier cosa, de ésas que no son siquiera cosas, entonces, pase V. la hoja, vaya a buscar las de Finanzas, Opas y Fusiones, que es donde tiene V. su sitio, ya que Capital, Privado y Hacienda del Estado son lo mismo, y este contra anuncio no reza para usted. Pero, si es V. un tipo corriente, que va con sus ajetreos y hasta trapicheos sacando algo de acá y de allá y tratando de que le saquen algo menos, en fin, que cuenta V. el dinero por cifras de no más de 7 ceros, entonces sí, entonces siga V. leyendo: para V. vale que no, que el Estado no es todos ni la Hacienda lo mismo que los sebos de sus víctimas).

 
Por otro lado, lo que le quieren decir con eso es, del revés, que todos somos Hacienda, o sea que todos somos dinero y cada uno es todo él dinero, y que con lo que cada uno somos, según lo que tenemos a nuestro nombre, contribuimos entre todos, por suma, a hacer el Gran Dinero de la Hacienda del Estado, que a su vez, por división, se distribuye en el dinerillo de la cuenta de cada uno, y así a cada uno le da su ser.
 
O sea que, aunque V. pretenda todavía pasearse por la calle de Alcalá (por los pasillos que le dejen en la acera las latas de los autos) con una flor en el ojal y haciendo como que no ve los trescientos Bancos que le hacen guiños al pasar, pues no, puro disimulo: la verdad es que donde está V. es en la cuenta de su Banco, y es V. ni más ni menos que el saldo que su cuenta arroje y, si no hay algún barullo informático, le proclame el Ordenador.
 
Así es como se pretende que, a fin de que Hacienda seamos todos, todos seamos Hacienda. Y por cierto que ese ideal (las almas, todas dinero; cada alma, su dinero) casi están apunto de realizarlo: cuando oye V. mencionar la Persona o la Personalidad o el Hombre, ¿no se palpa V. el bolsillo interior derecho a ver si lleva el talonario?
 
Pero, por si todavía el ideal no está cumplido, diga V. que no: no se declare usted a Hacienda.
 
Motivos para no declararse, puede V. alegar muchos: podría ponerse en plan de viejo contribuyente, hacer como si se creyera que su dinerillo de V. es el que hace, por suma, el dinero del Estado, y entonces echar las cuentas de en qué se gasta el Estado su dinero: lo que se va en más autovías y más aparcaderos y más policía motorizada y más burocracia gasolinera, en fin, en mantener el imperio del Automóvil contra la evidencia de su inutilidad y seguirle a V. arrasando las ciudades y los campos; lo que se dedica a pagar las fiestas de las votaciones periódicas, estatales, autonómicas, municipales y la rastra; lo que se invierte en Cultura, es decir, en las grandes celebraciones culturales, centenarios, festivales, traslados de tesoros artísticos, subvención a todo Arte y Literatura con la condición de que a la gente no le sirva para nada; lo que se gasta en la promoción de la imagen de España en Europa y en el Universo; y el enorme gasto de personal, locales, renovación de ficheros y ordenadores, para la organización de todos los gastos antes citados y más que no citamos para no quedarnos sin resuello.
 
Pero esa manera de echar cuentas con el Estado es todavía una ilusión: implicaría que creía V. en el sentido de Sus cuentas; que se creía V. que, en pleno Desarrollo, regían aún criterios de utilidad y de interés económico al viejo estilo, que de verdad su dinero contribuía al dinero del Estado y que el Estado en pago le repartía a V. esos dispendios de Sus arcas.
 
Lo cual no es así: pues en el Desarrollo, el dinero del Estado, lo mismo que el del Capital, con quien ha venido a fusionarse, ese dinero de las cifras de los 12 o 13 ceros, no se rige por las leyes de la oferta y la demanda, ni se gasta para cosa alguna: se gasta para gastarse, porque gastándose se mueve, y ésa es su vida, y da igual que pierda o gane, igual éxito que fracaso; da igual con qué pretesto se mueva (procurando, eso sí, que no vaya, por descuido, a servir para algo útil); y desde luego, con sus intereses de V., con sus manos y su boca, nada tiene que ver el juego de la Hacienda Pública ni el de la Banca, que son el mismo.
 
Por eso aquí le recomendamos que no se deje V. enredar en ese juego del Ideal y la Locura de los Entes Superiores, y le sugerimos que, en consecuencia, no se declare V. a Hacienda.
 
Lo que importa es, en la medida que se pueda, no entrar en cuentas con los Entes Superiores: si entra en cuentas con Ellos, si se declara usted, se verá inmediatamente convertido en un Auxiliar Contable de la nada; esa Declaración de Amor le llenará la vida, esto es, le ratificará el vacío (¿no sabe V. que ya el dinero es tiempo?), se habrá V. convertido en uno de Ellos, y si le quedaba todavía algo que palpitaba, que besaba y que mordía, todo quedará, por virtud de esa Declaración de Amor, que es una declaración de Fe, sometido a Dios, todo usted convertido en Alma, en Persona, en Dinero puro.
 
Que usted se convierta en dinero al Estado y a la Banca les conviene, lo necesitan: dinero, la cosa de las cosas, que no es cosa ninguna, es lo que Ellos pueden manejar. Que a V. le convenga venderse es muy dudoso; hace V. su Declaración, se hace V. dinero, y ¿qué le dan a cambio?: pues dinero, o sea Usted más veces; ya ve qué negocio.
 
En suma, que depende; si quiere V. ser dinero, venga, haga su Declaración, cumplimente todas las casillas, calcule sus rentas personales y sus desgravaciones (tiene V. que aprender la jerga correspondiente, como buen contable) y preséntela en los debidos plazos, que el Señor, sonriéndole complacido, le dirá "Sí".
 
Ahora, si a lo mejor descubre V. que hay cosas, que se palpan y se huelen, que no es usted todo dinero todavía, que hay tal vez cosas que hacer que no son hacer las cuentas de la Hacienda, entonces, no se declare usted, hombre; no mate los amores con su Declaración de Amor.
 
 
* Este articulo apareció en la edición impresa del Lunes, 15 de marzo de 1993Por un lado, quieren que Hacienda, esto es, el Estado, sea lo mismo que todos los ciudadanos sometidos al Estado: ésa es su ilusión, su aspiración eterna, sólo que más descarada en el Ideal Democrático Desarrollado: que el Dominio se confunda!. con los dominados, que la Mayoría, sumisa y bien contada, sea, todos, y que el pueblo que moría. bajo el Estado sea lo mismo que el Estado.
 
(Claro que, si es V. una Empresa, un Consorcio Bancario, una Agencia de Promoción, un Ente Televisivo, cualquier cosa, de ésas que no son siquiera cosas, entonces, pase V. la hoja, vaya a buscar las de Finanzas, Opas y Fusiones, que es donde: tiene V. su sitio, ya que Capital, Privado y Hacienda del Estado son lo mismo, y este contra anuncio no reza para usted. Pero, si es V. un tipo corriente, que va con, sus ajetreos y hasta trapicheos sacando algo de acá y de allá y, tratando de que le saquen algo menos, en fin, que cuenta V. el dinero por cifras de no más de 7 ceros, entonces sí, entonces siga, V. leyendo: para V. vale que no,, que el Estado no es todos ni la, Hacienda lo mismo que los sebos de sus víctimas).
 
Por otro lado, lo que le quieren decir con eso es, del revés, que todos somos Hacienda, o sea que todos somos dinero y cada uno es todo él dinero, y que con lo que cada uno somos, según lo que tenemos a nuestro nombre, contribuimos entre todos, por suma, a hacer el Gran Dinero de la Hacienda del Estado, que a su vez, por división, se distribuye en el dinerillo de la cuenta de cada uno, y así a cada uno le da su ser.
 
Viejo contribuyente
 
O sea que, aunque V. pretenda todavía pasearse por la calle de Alcalá (por los pasillos que le dejen en la acera las latas de los autos) con una flor en el ojal y haciendo como que no ve los trescientos Bancos que le hacen gui¡íos al pasar, pues no: puro disimulo: la verdad es que donde está V. es en la cuenta de su Banco, y es V. ni más ni menos que el saldo que su cuenta arroje y, si no hay algún barullo informático, le proclame el Ordenador.
 
Así es como se pretende que, a fin de que Hacienda seamos todos, todos seamos Hacienda. Y por cierto que ese ideal (las almas, todas dinero; cada alma, su dinero) casi están apunto de rea-, lizarlo: cuando oye V. mencionar la Persona o la Personalidad o el Hombre, ¿no se palpa V. el bolsillo interior derecho, a ver si lleva el talonario?
 
Pero, por si todavía el ideal no está cumplido, diga V. que no: no se declare usted a Hacienda.
 
Motivos para no declararse, puede V. alegar muchos: podría ponerse en plan de viejo contribuyente, hacer como si se creyera que su dinerillo de V. es el que hace, por suma, el dinero del Estado, y entonces echar las cuentas de en qué se gasta el Estado su dinero: lo que se va en más autovías y más aparcaderos y más policía motorizada y más burocracia gasolinera, en fin, en mantener el imperio del Automóvil contra la evidencia de su inutilidad y seguirle a V. arrasando las ciudades y los campos; lo que se dedica a pagar las fiestas de las votaciones periódicas, estatales, autonómicas, municipales y la rastra; lo que se invierte en Cultura, es decir, en las grandes celebraciones culturales, centenarios, festivales, traslados de tesoros artísticos, subvención a todo Arte y Literatura con la condición de que a la gente no le sirvapara nada; lo que se gasta en la promoción de la imagen de España en Europa y en el Universo; y el enorme gasto de personal, locales, renovación de ficheros y ordenadores, para la organización de todos los gastos antes citados y más que no citamos para no quedarnos sin resuello.
 
Pero esa manera de echar cuentas con el Estado es todavía una ilusión: implicaría que creía V. en el sentido de Sus cuentas: que se creía V. que, en pleno Desarrollo, regían aún criterios de utilidad y de interés económico al viejo estilo, que de verdad su dinero contribuía al dinero del Estado y que el Estado en pago le repartía a V. esos dispendios de Sus arcas.Gastar por gastar
 
Lo cual no es así: pues en el Desarrollo, el dinero del Estado, lo mismo que el del Capital, con quien ha venido a fusionarse, ese dinero de las cifras de los 12 o 13 ceros, no se rige por las leyes de la oferta y la demanda, ni se gasta para cosa alguna: se gasta para gastarse, porque gastándose se mueve, y ésa es su vida, y da igual que pierda o gane, igual éxito que fracaso; da igual con qué pretesto se mueva (procurando, eso sí, que no vaya, por descuido, a servir para algo útil); y desde luego, con sus intereses de V., con sus manos y su boca, nada tiene que ver el juego de laHacien da Pública ni el de la Banca, que son el mismo.
 
Por eso aquí le recomendamos que no se deje V. enredar en ese juego del Ideal y la Locura de los Entes Superiores, y le sugerimos que, en consecuencia, no se declare V. a Hacienda.
 
Lo que importa es, en la medida que se pueda, no entrar en cuentas con los Entes Superiores: si entra en cuentas con Ellos, si se declara usted, se verá inmediatamente convertido en un Auxiliar Contable de la nada; esa Declaración de Amor le llenará la vida, esto es, le ratificará el vacío (¿no sabe V. que ya el dinero es tiempo?), se habrá V. convertido en uno de Ellos, y si le quedaba todavía algo que palpitaba, que besaba y que mordía, todo quedará, por virtud de esa Declaración de Amor, que es una declaración de Fe, sometido a Dios, todo usted convertido en Alma, en Persona, en Dinero puro.
 
Que usted se convierta en dinero al Estado y a la Banca les conviene, lo necesitan: dinero, la Posa de las cosas, que no es cosa ninguna, es lo que Ellos pueden manejar. Que a V. le convenga venderse es muy dudoso: hace V. su Declaración, se hace V. dinero, y ¿qué le dan a cambio?: pues dinero, o sea Usted más veces: ya ve qué negocio.
 
En suma, que depende: si quiere V. ser dinero, venga, haga su Declaración, cumplimente todas las casillas, calcule sus rentas personales y sus desgravaciones (tiene V. que aprender la jerga correspondiente, como buen contable), y preséntela en los debidos plazos, que el Señor, sonriéndole complacido, le dirá "Sí".
 
Ahora, si a lo mejor descubre V. que hay cosas, que se palpan y se huelen, que no es usted todo dinero todavía, que hay tal vez cosas que hacer que no son hacer las cuentas de la Hacienda, entonces, no se declare usted, hombre: no mate los amores con su Declaración de Amor.
 
 
 
* Este articulo apareció en la edición impresa del Lunes, 15 de marzo de 1993
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