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  • Agustín García Calvo (1926-2012)
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Tertulia Política número 234 (16 de Junio de 2010)

Tertulia Política número 234 (16 de Junio de 2010)

Agustín García Calvo

Ateneo de Madrid

 

Tertu234-16-6-2010
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TRANSCRIPCIÓN:

 

Pues aparte de lo que traigáis para decirme, que supongo que será algo, después de los debates del último día, aparte de eso vamos entre tanto a  intentar entender un poco menos mal lo que es esta ocurrencia que me ha venido, nos ha venido por tanto, de devolverles a las cosas la palabra, la razón. Lo que urge es no entender esto en el sentido de que eso de la razón o la lengua se tome como una propiedad que nosotros usurpamos y que les devolvemos ahora a las bestias, a los árboles, a los astros, hasta a los átomos si hace falta, porque no se trata de ninguna propiedad naturalmente. Razón quiere decir común, la razón común, sentido común, la lengua común, y eso no puede ser ninguna propiedad que se usurpe ni que se devuelva.

Es decir, para que se entienda mejor, que no se reproduzca en este intento lo que el otro día estábamos viendo que se ha producido en las sucesivas revoluciones de los oprimidos contra el opresor: cuando veíamos que a los esclavos se les liberaba después del XVII para que vinieran a dar en funcionarios del Régimen, participantes del escalafón, que es lo que en lugar de clases se nos ha impuesto en este Estado del Bienestar. O cuando a las mujeres se las libera, o se liberan ellas, para venir a ser como Hombres, venir a ser Hombres, con lo cual evidentemente todo lo que podía haber de bueno en el intento de rebelión o de revolución queda anulado por el camino que al Orden le gusta, que es decir la asimilación de cualquier negativa, de cualquier negación, de manera que no sirva ya para nada, que no le haga ya daño a nadie, que no perturbe el Orden más que para colaborar con los cambios que el Orden necesita justamente para seguirse manteniendo. Eso sí, colaborando con los cambios de los históricos, prehistóricos, naturales y evolutivos, si queréis, que son necesarios para que en la Realidad las cosas sigan pretendiendo ser lo que son, cosa que sólo moviéndose y cambiando pueden hacer como que lo consiguen, sin conseguirlo nunca del todo.

Para que no se repita esto os recordaba ya el otro día que aquí no se trata de devolverles la razón a las bestias para que tiren por el mismo camino que hemos tirado por nosotros, ni a los árboles, ni a los astros, no se trata de eso, que sería recaer otra vez en el mismo engaño, sino que se trataba de la anulación de la oposición entre sujeto y objeto, entre el que habla y aquello de lo que habla, entre lo que razona y aquello de lo que razona, para entender bien que en una relación entre cosas nunca se da un sentido privilegiado del activo al pasivo, del inteligente a lo inteligido, sino que justamente se dan los dos sentidos contrapuestos y eso es justamente lo que se desea que viva.

En la dominación del Hombre, bajo el Imperio del Hombre sobre las cosas, en el que nos ha tocado caer, y contra el que aquí, en la tertulia, estamos hablando y haciendo lo que podemos, en ese Imperio desde luego la contraposición tiene sus dos sentidos bien contrarios, jerárquicamente organizados, uno es el que sabe (el Hombre, por ejemplo, o si no el Hombre en general, Uno mismo en particular, que viene a dar igual) y luego está lo otro: lo que el Hombre o Uno conoce, sabe, ve, percibe y todo lo que se quiera en ese sentido. Así está organizado nuestro mundo, el mundo del Hombre contra el que os sigo hablando tratando de que el entendimiento mismo de esto no se tuerza por el mal camino acostumbrado.

Esto es una tertulia (como los que me acompañan ya han oído muchas veces) política en el sentido que es contra la muerte. Aquí se está luchando contra la muerte, y la muerte quiere decir la real, es decir, la que nunca está aquí, la siempre futura, ésa es la real. De otras cosas -del deshacerse nosotros y las cosas, eso está por debajo de la Realidad- no sabemos; lo que sabemos, lo que se nos hace saber desde pequeñitos es la muerte futura, ésa sí, y es la que rige y condiciona todo el Régimen.

Pues, bueno, hemos llegado a sospechar esto: que esta muerte siempre futura, ésta que nunca está aquí, pero que nos gobierna y estropea todas las posibles vidas que pudiéramos tener, ésa se debe a esta dominación del Hombre sobre las cosas, o más en general: esta separación indebida de lo que entiende con lo entendido, de lo que sabe con lo sabido, y todo lo demás. Y eso os aclara, supongo, el sentido por el cual en esta lucha contra la muerte venimos a dar en esta necesidad de liberarnos del Hombre, que al mismo tiempo quiere decir ‘cada uno de sí mismo’ como ejemplo supremo del Hombre, y con ello dejar que las cosas razonen, hablen, de tal forma que nosotros, si seguimos razonando y diciendo algo de sentido común, lo hagamos por lo mismo que lo hacen ellas, no de una manera distinta y jerárquicamente superior, sino igual que las cosas razonan, que las nubes, los árboles, razonan, viven la contradicción, se están deshaciendo continuamente y están obligados a obedecer a la Ley de seguir siendo cada cual quien es, como nosotros, pero sin hacerse idea; sin hacerse idea de ello, de manera que eso las libera de la muerte en nuestro sentido. No se nos ocurre sospechar que la luna sepa que se va a morir (como es evidente que se va a morir cualquier día) y que, en vista de que sabe que se va a morir, se lo esté pasando muy mal y pierda la tranquilidad con la que la vemos moverse por la noche de vez en cuando: no se nos ocurre. Ni se nos ocurre pensar semejante cosa siquiera de un zorro o de un olmo, están libres de ello justamente, y en ese sentido, como decimos, el intento va no para que ellas, las cosas, se hagan a su vez Hombre y por tanto hagan las mismas tonterías, repitan nuestra Historia y por tanto no se haya hecho nada en contra de la Ley que los mata, sino simplemente en el sentido negativo de suprimir la separación, no ya entre clases de cosas, sino entre el sujeto y el objeto (por emplear los términos filosóficos).

Bueno, supongo que esto dentro de un rato me lo diréis. Está claro, parece que se entiende aunque desde luego, como sabéis, para eso de que se entienda hace falta que se sienta y si no se siente de alguna manera, es decir que la formulación más abstracta está tocando las fibras más sensibles de lo que se llama cuerpo, el corazón o de lo que sea, pues entonces no se ha entendido de verdad, entonces se ha hecho una idea y no vale, porque, ya veis, la muerte: desde pequeñitos estamos hechos a la idea, ¿no?, desde año y medio o dos años nos han informado, estamos hechos a la idea de la muerte futura, sin embargo es evidente que nunca estamos hechos de verdad a la idea. Es decir, que hay algo que no se resigna a esa ideación que rige nuestras vidas, que costituye la Realidad, y que por tanto impide que haya una verdadera, absoluta, resignación. En el antiguo Régimen a los creyentes se les engañaba con la  vida tras la muerte, con la Gloria eterna y todo lo demás; a nosotros nos engañan más decididamente con el Futuro en general y que nos lo presentan como si fuera el sonrosado futuro, la cima dorada a la que se puede aspirar, ocultando la cara de muerte que está detrás de esa marca de una manera evidente.

De manera que no nos hacemos nunca a la idea, es mentira, ni con una Religión ni con la otra, y eso a pesar de que nos han hecho hacernos a la idea desde (no voy a decir “nacimos”), desde que tuvimos que entrar en el idioma de los padres y empezar a hacernos mayores, como ellos, para repetir la Historia, para repetir la misma Historia y que al Orden no le pase nada que pueda trastornarlo

Esto es así y por tanto procede a intentar entender, sentir, cómo es esa supresión de la oposición entre sujeto y objeto, entre el que sabe y lo sabido, entre nosotros y cosas. Y eso acudiendo, como hemos empezado a acudir algún día, incluso a lo que nos proporcionan los investigadores de la Ciencia, los físicos más o menos desmandados, cuando por el propio ardor de la investigación llegan a encontrar un asomo de cómo era falsa, qué mal hecha estaba, la idea de la oposición entre el observador y lo observado. Y de ello efectivamente tenemos que echar mano también dando gracias a que aunque la Ciencia, la Física a la cabeza, está hecha al servicio del Poder, está hecha para intentar meternos la verdad en la Realidad, donde no cabe (como sabéis, no cabe de ninguna manera la verdad en la Realidad), aunque esté en principio hecha para eso, sin embargo como la Ciencia (igual que todo lo demás en este mundo nunca está bien hecho del todo ni cerrado) nunca está cerrada y definida en el sentido que Dios querría (Dios es matemático, Dios querría por tanto la definición y la definitud; lo que hay -no lo llaméis ni siquiera Natura ni Madre- pero lo que hay en cambio no, no es matemático, no es matemático) y las partes de lo que haya nunca son partes en el sentido de las razones aritméticas (medios, tercios, cuartos, quintos) sino necesariamente partes a su vez indefinidamente segregadas unas de otras, nunca a su vez bien definidas por ningún recurso matemático que se busque. De manera que tenemos que aprovechar (y lo volveremos a hacer dentro de un rato, y si no hay a tiempo, el día que viene, si el Señor nos deja) estos hallazgos involuntarios de la Ciencia. Involuntarios desde el punto de vista de la voluntad de la Ciencia misma: que es servir al Orden; servir al Orden y que nos enteremos de la verdad dentro de la Realidad.  Aprovecharnos de estos hallazgos, en ese  sentido, involuntarios.

Pero, bueno, como algunos de vosotros ya he visto que se cansan enseguida en cuanto entramos en las cuestiones de la Física, parece que me corre más prisa, o tal vez nos corre, volver a insistir en la maldición del Hombre al que tratamos de renunciar con esta propuesta, luego volveremos.

Nunca estará bastante lo que hagamos para darnos cuenta de lo trágicamente imbéciles que somos en la costitución de nuestra Sociedad. Nunca la necesidad de un cierto acomodo nos hace que, aunque veamos lo que pasa entre los hombres, entre nosotros, tengamos que hacer como si no lo viéramos, no enterarnos mucho, porque eso sería sumamente peligroso, [] tengo que recordaros.

Imaginad, por ejemplo, cómo es la inmensa mayoría de la dedicación de los Hombres de nuestra Sociedad, la inmensa mayoría de su dedicación. ¿A qué están dedicados?, pues si empiezo por lo último, que es en cierto sentido lo primero, están dedicados a convencer a sus prójimos de que necesitan tal producto o tal otro, que entre tanto otros han inventado porque tenían que inventarlo.

La cantidad de gente que está ocupada en convencer al prójimo, porque así se lo han mandado, de que hace falta, se necesita, peor todavía: uno desea, una desea, ese chisme, ese artilugio que le están vendiendo, es, si os fijáis un poco y echáis la cuenta simplemente a ojo de buen cubero, por lo alto, es aterradora. Todos los días cualquiera de vosotros está recibiendo los efectos de esta campaña para el convencimiento de que hacen falta las cosas que se nos están vendiendo por ahí. Eso lo recibís hasta por vuestro telefonito móvil, en el buzón de casa y todo lo demás. Y los que a esto se dedican son (estáis echando la cuenta conmigo, supongo) tantos millones que ya con eso sólo sería como la mayoría. El Orden necesita esto en primer lugar, necesita la creación de necesidades, la conversión de cualesquiera posibles deseos en necesidades de lo que el Orden puede suministrar. El Orden no nos puede dar nada bueno, pero precisamente porque no nos puede dar nada bueno es capaz de estarnos dando continuamente sustitutos, y esos sustitutos son los que hace falta convencer a la gente de que “¡Mira por donde!, es lo que yo estaba deseando”, “Era justamente un deseo que yo tenía”.  Y para imponer este convencimiento, pues hace falta mucho trabajo, hacen falta muchas oficinas, hace falta muchos empleados, los cuales, estos chicos y chicas a los que han empleado para esta labor de una manera o de otra, con ese trabajo, el trabajo de convencer a los prójimos de  que necesitan lo que desean, se ganan su vida, como suele decirse, a su vez se ganan su vida, es decir: se ganan el derecho a, después de cumplir con su horario laboral, el resto del tiempo disfrutarlo evidentemente con los entretenimientos que otros prójimos a su vez les están inventando para justamente que se entretengan con ello, que éste es el [lío].

Bueno, pues si estáis echando la cuenta conmigo, supongo que deberíais quedar tan aterrados como yo. Efectivamente eso es hasta tal punto tan la inmensa mayoría que a veces a uno le parece desoladamente que es que no hay más. Menos mal que aquí ya sabemos que en la Realidad no hay todo, pero desde luego eso no nos priva de la necesidad de echar esta cuenta por lo alto y enterarnos bien de hasta qué punto lo que se llaman ‘vidas de los hombres’ están dedicados a esto que os cuento.

Bueno, pues echad una mirada ahora fuera de nosotros alrededor: a cualquier bestia (a cualquier bestia, a cualquier otra cosa) a la que se le atribuyera una dedicación como ésta nuestra.  Pensad que a los asnos les atribuyéramos esta operación de la que os he estado dando cuentas y por lo alto (o que se lo atribuyéramos a un olmo, a una nube, a un astro; si  alguna vez que […] se nos ocurriera atribuirles semejante dedicación, es decir semejante dedicación por un lado a la producción costante de nuevos chismes que no se sabe para qué pueden servir, pero al mismo tiempo la dedicación a convencerse unos a otros de que sí se sabe para qué pueden servir y que justamente en eso está el Futuro que son nuestras vidas y que nuestro deseo es necesidad) si a un asno le atribuyéramos esto, inmediatamente pensaríamos que es que se había vuelto loco, ese burro estaría loco. No sé si estáis conmigo, pero está claro que si hacéis el intento de meterle eso a un burro tendríais que pensar “Ese burro se ha vuelto loco”, “¿Cómo es que un burro puede dedicarse a esto?”. ¿Cómo un burro puede dedicarse a esto?, ¿cómo una nube puede dedicarse a esto?, ¿cómo una mata de lirios puede dedicarse a esto?: una especie de locura.

Y se me viene a los labios el término ‘locura’ porque creo que con él vamos a tener que insistir: una locura. Os estoy sugiriendo, que claro está, que con este esperimento mental de llevar a los animales nuestra educación inmensamente mayoritaria lo que se nos está sugiriendo es la propia locura de nuestra normalidad. Es difícil, es difícil el reconocimiento sensitivo de la locura en que se nos hace vivir, es difícil pero me temo que no hay otro camino: si no llega a sentirse de verdad esta locura de normalidad, pues no podemos hacer mucho, mucho más allá en esta guerra contra la muerte.
 
Tal vez para entenderlo mejor convenga acudir a nuestros locos, a los declarados locos dentro de la Sociedad. No hace falta que me estienda mucho en la definición, que nunca terminaría pero que desde luego la Ciencia considera como una definición terminada: que separa a los locos de los normales. Bueno, pues os estoy invitando ahora a que, como yo, miréis a un loco. Miréis a un loco con un poco de paciencia, sin empezaros enseguida a hacer ideas acerca del fenómeno, dejándoos invadir por esa visión del loco. Mirad al loco, tratad de verlo qué es lo que le pasa, qué síntomas ha. Tenéis para esto que separaros prácticamente de todo lo que la Ciencia os ha enseñado acerca de la locura, ¡qué se le va a hacer!, pero se puede. Se puede simple y llanamente intentar de una manera lo más posiblemente ingenua ante ese loco, tratar de descubrir, de sentir qué es lo que le pasa.
 
Supongo que enseguida conmigo participaréis de esta interpretación: es como si los normales (lo que se considera normal) nos hubiéramos hecho una casa acogedora, o tal vez podría decir una bolsa. Una bolsa como la bolsa fetal, como la bolsa del feto, igualmente acogedora, relativamente cerrada. Cerrada, una casa, una bolsa. Nos la hemos hecho con un entretejimiento de las mentiras que el Poder nos impone; para ir tirando hacía falta, y no teníamos otros materiales para costruirnos eso más que las ideas acerca de la Realidad que son el sustento mismo de la Realidad. Entonces nos hemos fabricado esa casa acogedora, esa bolsa, y gracias a ello, dentro de ella vivimos, es decir, vamos tirando de una manera pues relativamente confortable, por lo menos soportable, sostenible. Todo lo que hacemos o nos pasa todos los días está en ese orden: gracias a que seguimos dentro de la casa, a que seguimos dentro de la bolsa, y entonces pues aquí no se está tan mal. Aquí no se está tan mal, se va tirando, nos vamos arreglando. Y al ver al loco uno lo que siente es que por algún motivo, alguna razón eso le ha fallado, la bolsa se le ha desmallado por algún sitio. Algún roto se le ha producido en esa bolsa y sólo así tiene sentido el entender cómo se le ve chapoteando. Ha perdido el pie, como si estuviera chapoteando, respirando con la característica ansiedad de quien efectivamente es como un pez al que se le ha sacado del agua, ha perdido de alguna manera ese sostén con que la normalidad cuenta. Y lo más característico de todo de la observación de la locura: el loco mismo, con lo que le queda, trata a su vez de recostruir la bolsa, de recostruir la casa. No hay loco medianamente observable al que no le pase esto también: con los restos que le ha quedado del destrozo ése con que ha tropezado que se le ha producido, con esos restos todavía está provisionalmente tratando de rehacerse un poco la casa; de rehacerse un poco las mallas y las paredes de la bolsa en que está encerrado fracasando (‘fracasando’ lo que quiere decirse mucho más rápidamente que fracasamos los demás, los normales), fracasando en el intento, pero de tal forma que el intento no por ello no se produzca, que esté ahí, se da.

Y con esto creo que os he descubierto muchos de los síntomas que yo considero más característicos de la locura. Si alguien ha tenido ocasión de plantarse delante de un loco y reconoce estos síntomas incluso físicos que le he dado, pues supongo que estará conmigo.

Fijáos que lo que he tratado es de daros una interpretación que justamente sea todo lo revés de la que se da. En la que se da, la locura se atribuye a celulitas y organitos que el loco tiene dentro y que por tanto condicionan desde dentro los fallos que a través del cerebro puedan pasar a la mente y por tanto lo convierta en una persona incapaz de razonar como razonamos los demás. Ésta es la idiotez imperial, la idiotez dominante. Es contra ésta con la que he tratado de colocaros desde fuera y lo más desnudos posible para que de ninguna manera se nos ocurra proceder por ese camino, y ya comprendéis que esta contraposición entre el camino habitual de habérselas con la locura y el que ahora os estoy queriendo hacer sentir (ahora os quería hacer sentir hasta el terror porque nunca será bastante lo que se sienta en esto), esa contraposición misma tiene que ver con todo lo que venimos discutiendo respecto a la negación, a la oposición entre objeto y sujeto. Supongo que se entiende bien cómo lo uno va con lo otro.

Así es como me parece que esta observación misma de la locura que a los normales se nos da puede ser también un camino útil para percibir de verdad la locura que nos está impuesta como normalidad, esta locura fundada en primer lugar en la muerte, en la administración de muerte en que se han convertido nuestras vidas, la Fe en el Futuro, que es la que nos mata, si nos dejamos sentir que nos están matando, si no, pues no nos mata, seguimos en la bolsa, seguimos en la casa, nos arreglamos con lo que nos venden, nos arreglamos con los chismes que podamos tener.

Volver las cosas del revés, negarse a separar al hombre de las cosas como un ente privilegiado, a separarse uno de las otras cosas, es algo que por tanto es político descaradamente en el sentido de que nos libera de la muerte puesto que las cosas no la tienen (la muerte es una cosa de nuestro error y de la costrucción que sobre nuestro error se ha montado) y nos libra de la locura porque tampoco ni las lunas, ni las nubes, ni los zorros, ni ninguna cosa pueden estar locos. Notad bien esto. A los animalitos domésticos, a los que se han sometido, incluso a esos se les puede volver locos, por lo menos un poco, a un perro o a un gato, pero esos no cuentan, porque esos son prácticamente hombres, como sabéis, ¿no?, me estoy refiriendo a los que no están fabricados por el hombre, y esos no, nunca se habrá oído de una zorra que se haya vuelto loca, no, nunca se habrá oído; ni mucho menos de un álamo que se ha vuelto loco, no, esas cosas no cuentan.

De manera que se entiende bien cómo con esta ocurrencia que os sigo proponiendo (la liberación de la muerte) al mismo tiempo, de paso, implica la liberación de la locura (que no es la locura de los locos, sino que es la de los normales), la liberación de la locura de los normales que os he presentado como única condición para entender la locura de los propios locos de nuestra Sociedad.

Bueno, como en todo esto puede haber algunos puntos de disidencia, barullo o lo que sea, pues me voy a callar, de manera que a partir de aquí voy a ir recogiendo voces. Si nos da tiempo, después volveríamos sobre los descubrimientos de los físicos en el sentido de negar la oposición entre el observador y lo observado, el problema de la medida. Pero por lo pronto supongo que habrá las bastantes contradicciones en esto para que tengamos que andar con ello un rato, así que estoy ya esperando vuestras ocurrencias o disidencias, cuestiones, intentos de aclaración, lo que sea, cualquier cosa en la que me acompañéis un rato. ¿No? Sí.

    - Agustín. Esta oposición que queremos romper entre, por ejemplo, lo observado y el observador, ¿se hace extensible también a lo que habla y eso de lo que se habla?

    AGC - Claro, claro. Y lo que razona y aquello que se razona: no hay una oposición entre la razón como una propiedad que se dirige hacia lo esterior. Las cosas razonan, y las cosas razonan porque simplemente participan de la misma contradicción que nosotros: se están desmoronando continuamente y por otra parte tienen que ser cada una la que es. Ésa es la contradicción fundamental.

    - Sí, pero eso de lo que se habla normalmente decimos que está en la Realidad, ¿no?, y lo que habla no es la Realidad.               

    AGC - La Realidad en cuanto condicionada por el Futuro (el Tiempo es lo primero que se establece) es un invento humano -humano-. En aquella escala elemental que os proponía aparece primero después de “Hay algo”, “Hay cosas” (porque no puede haber una), aparece seguido la intervención de los entes superiores, ideales, con el ser el que es, con uno, con todo, que convierten a las cosas en Realidad. La fidelidad a esta intervención y la creencia de que lo que este Dios matemático impone a las cosas es verdad, ésa es humana, esa creencia es humana. De manera que sólo desde nosotros a las cosas, al resto, las llamamos Realidad; ellas no se llaman semejante cosa. Bueno, supongo que sí, hay lío en eso, pero no sé si debemos detenernos más o si debo recoger más bien otras voces, que las habrá, muchas, seguro, a ver.

    - Agustín.
            
       AGC - Sí.

    - Yo a veces, no en un animal salvaje pero sí en un animal de estos que conviven, ¿no?, un gato que tenía yo, pues llegué a decir que parecía que estaba loco por cómo se perseguía el rabo dando vueltas alrededor de un poste.  

    AGC - Sí, si ya lo he dicho que los dejaba fuera, ¿eh? Los dejaba fuera, que perros, gatos y gallos incluso de los domésticos...

- Que se han contagiado…

AGC - A los animales domésticos se les ha impuesto hasta tal punto la Realidad por fuerza, es como al perro al que se le imponen las cadenas para poder comer, para que le puedan echar, por fuerza. Hasta tal punto se les ha impuesto, que claro, si participan de la normalidad humana, los pobres ya, como la locura no consiste más que en la normalidad, los pobres ya pueden llegar de vez en cuando a participar en la locura de los locos.

    - Pero también hay veces que uno ve una colmena, un hormiguero o una ardilla enterrando bellotas, ¿no?, y le parece que también hay una locura ahí.

    AGC - A mí nunca me ha parecido que tenía a las abejas que llamarlas locas…

    - [] qué repetición, qué actividad, ¿no?, ¿para qué?, ¿no?   

    AGC - ¡Ah!, sí, sí, bueno. Eso no tiene nada que ver. Con tal de que ellas no sepan “para qué”, que no tengan una muerte futura, da igual que sean muy activas y laboriosas, que sean paradas como un oso perezoso o más todavía: da esactamente igual, eso ya queda fuera, eso es de las cosas. Sí.

    - Yo me cuestiono que en los niños la idea de la muerte, la administración de muerte viene alrededor del año y medio o dos años (creo que has dicho otras veces y hoy también), entonces yo me pregunto ¿qué es, el lenguaje, la imitación, para que los deformemos tanto o qué es? Porque cómo un niño puede captar la idea de la muerte es algo que …

    AGC - Sólo a través del idioma que le toque, que es justamente en el que se mete o que se mete en él normalmente al año y medio o dos años…

- Entonces es el lenguaje. O sea, que si no fuera porque le hablaban…

AGC - …Antes es inimaginable.

—    Si no le hablaran ¿no sabría nada?

AGC - Es inimaginable que antes de eso supiera. Es entonces cuando se puede producir la declaración. Es entonces cuando se puede producir la declaración y la información. Pero recordad lo que os he dicho, ¿eh?: que desde ahí, desde pequeñitos estamos hechos a la idea, pero de mentira. Nunca estamos del todo hechos a la idea. Estamos lo bastante para ir tirando.

    - Perdón, que hasta los psicoanalistas que presumen de saber mucho de esto dicen que en el inconsciente, antes de nacer, ya estamos proclamaos para la muerte porque los padres ya lo llevan como una cosa genética. O sea, que eso me hace pensar que las cosas, o lo demás, que es lo sano, y nosotros ¿cómo nos podemos estropear tanto?

    AGC - Bueno, bueno. ¿Eh?

    - Estropear tanto con la idea de la muerte. ¿Cómo nos estropean tanto?

    AGC - No nos estropean, nos costituyen, mujer, nos meten en la normalidad. Nos hacen esa casa en la que te vas arreglando para tirar, esa bolsa fetal. No es que te estropeen: te costituyen. Bueno, esas cosas que dicen los psicoanalistas, eso será un psicoanalista que le dé por filosofar, porque un psicoanalista normal no especula respecto a si la condena a la muerte es previa o no es previa, tiene que habérselas con esto que os he presentado yo para aterraros un poco: tiene que habérselas con locos, y luego ya depende del arte, de lo que le quede de arte psicoanalítico, para ver cómo se trata con ello.

    - Tengo la voz.

    AGC - Sí, me parece que no había otro, sí. Sigue, sí.

    - Quiero decir que en esto de la locura, que tú dices que la rotura de la oposición o proponer la rotura de la oposición entre sujeto y objeto como algo que nos podría evitar lo de la cuestión de la locura, a mí se me presenta como muy contradictorio, porque cuando tú hablas de enfrentarte a un loco y considerarlo como algo que está ahí pero sin que haya una istancia entre… una clasificación o separación entre sujeto y objeto, es decir, no considerarte tú como el que sabe y el loco el que desvaría, esa no oposición que se da ahí resulta que funciona también dentro de uno mismo sin necesidad de que vayamos a mirar a ningún loco, basta con que uno se mire, no te digo que al espejo pero sí que sencillamente tome un poco de distancia de su vida y lo único que le permite la posibilidad de no caer en la locura él mismo es mantener un cierto grado de (dirían los psicoanalistas, o no sé ) dirían de esquizofrenia. Porque realmente la locura locura sería como especie de unifrenia, una imposibilidad de separación, de división de eso que llamamos uno. Esto es como yo veo que ahí es donde realmente hay mayor peligro. Mayor peligro para el juego.

    AGC - Se ve, Isabel, que se te ha escapao algún cacho, porque eso que nos libra de caer en la locura que has dicho revela que se te ha ido un trozo porque no has reconocido…

    - No, no. Se me ha debido de ir la mitad…

    AGC - …No has reconocido que la…

    - …porque el problema es la mitad: ¿dónde está la mitad?

    AGC - No te has enterado de que la normalidad es la locura. De manera que no hace falta que uno intente librarse de caer en la locura porque está ya. Está ya en la locura…

    - …Bueno, pero vamos a ver…

 AGC - …Y si a lo que aludes fuera el reconocimiento de uno mismo de que uno mismo está loco, pues mentira, lo mismo que no estamos hechos a la muerte, nadie llega tampoco de verdad a reconocer su propia condición de loco. Por eso he sacado a los locos que se nos dan para que sirva un poco para ello.

    - Pero el rasgo esencial del loco es…

    AGC - No, no. Dejémoslo…

    - …que es la exageración de la norma.

    AGC - Dejémoslo.

    - Déjame que termine esto. ¿Puedo terminar esto?
    
    AGC - Dejémoslo.

    - ¿Puedo terminar esto?         

    AGC - Es que me parece que…

    - No, quiero. ¿Puedo terminar esto?

    AGC - Sí, puedes terminar.

    - El rasgo esencial de la locura es la exageración de la norma, de la ley. Nadie que tenga un, diríamos un… no un Yo, pero sí una determinación tan tiránica como un loco, tú lo sabes…

AGC - Bueno, basta ya.

- …tú sabes que un loco es la tiranía misma.

    AGC - Sí, y lo hemos dicho incluso muchas veces. Basta. Un loco…
 
- Entonces no es que tenga la casa mal costruida sino que es que tiene un bunker.
 
AGC - …Un loco, lo mismo que otras [], un loco no nos sirve para la revolución. En lugar de hacer una teoría respecto a lo que es característico del loco, ¿por qué no te has dejao aterrar un poco por los gestos que he sacado?, lo que he presentado como chapatear…

- Por los gestos me he aterrado, pero no por el [].
    
    AGC - …como chapatear, como mostrarse con el miedo de caer, de que se va a hundir porque ha perdido pie. Ha perdido pie, se va a hundir como en una especie de abismo helado. La ansiedad por respirar []. ¿Por qué no tomas esos síntomas sin más, sin ninguna teoría, y eso sirve para que entiendas de verdad lo que he llamado exageraciones. Efectivamente esos gestos que yo he sacado son exageraciones de nuestra ansiedad…

—    La exageración es la bunkerización de la bolsa...

    AGC - …de nuestra ansiedad, de nuestro chapoteo, de todo lo demás. Los he sacado pero precisamente porque…   

—    Sí, eso le pasa a cualquiera.

AGC - …precisamente por exagerados es por lo que se han sacado por si servía para algo.

—    No te pongas tan loco.

AGC - Es que yo quiero hacer…

—    No te enloquezcas.

AGC - …Quiero que entender sea sentir.

—    Tú sereno como Sócrates.

AGC - Quiero que entender sea sentir.

—    Pero sentir, no ese arrebato que te entra. Eso no es sentir.

AGC - [] es mi indignación de que no se entienda…

—    Eso no es sentir, eso es un arrebato psicótico.

AGC - …Eso es aparte. ¿Qué más?, por favor.

- Perdona, yo no he entendido nada básicamente de lo que has hablao.

AGC - ¿De qué?

- Yo es que soy bastante nuevo en la… vamos, es el segundo día que vengo y realmente he entendido muy poco de todo el concepto. Quería preguntarte dos cositas: la primera en realidad es que si el concepto de locura que defines coincide con la idea ésta de romper la separación entre lo que es la… lo que es el yo y el exterior. En realidad creo que eso es la locura, o sea, el que llamamos loco es el que no sabe distinguir entre las voces que oye, las voces que son reales y lo que es la Realidad, y lo que es él mismo. Eso es lo que considero yo que es un loco. Y curiosamente…

AGC - Tú también haces como Isabel, quieres definir en lugar de dejarte llevar al esperimento que he propuesto y sentir. Prefieres definir, saber en qué consiste estar loco. Y te equivocas…

—    Claro, ya te digo que no lo entiendo.

AGC - …Y te equivocas. Es una idea bastante dominante la que has dicho, pero falsa, como suelen ser las ideas. Si te has visto con algún loco frente a frente, eso de que él no distingue entre las voces que vienen de fuera y las que le vienen de dentro, porque precisamente él oye voces que le amenazan y cree que están fuera y tú piensas que no, que es que le vienen de dentro, eso es una cosa que le pasa en exageración como a cualquiera, esa equivocación, que sin embargo no atenta para nada a lo que nos está mandado, que es distinguir entre el que entiende, el que oye y lo que oye. Eso ya se sabe. Pero las equivocaciones y las creencias le suceden a un loco exageradamente igual que a un cuerdo. ¿Cuál era la otra cosa?, porque por ahí…

- La otra cosa es el… que no he entendido muy bien el por qué hay que deshacer la clasificación, los escalafones de cosas, que propones de alguna manera deshacerlo. O sea, no es igual la luna… ¿En qué sentido la luna muere?, si la luna es una piedra, la luna no va a morir, ni las piedras mueren…

AGC - Joer, pero hombre, por favor…

—    …el olmo sí muere…

AGC - …no seas tan humano.

—    …y el zorro…
 
AGC - No seas tan humano. No seas tan humano porque es evidente que la luna se está muriendo a cada paso. La luna, es evidente, se está desmoronando. Se está desmoronando, se está deshaciendo, y el olmo. Y el olmo.

—    …el Universo muere. El Universo va a morir.

AGC - No: el Universo es un invento de los filósofos, hombre, no hay…

- Pero muere en un sentido completamente diferente al que voy a morir yo o al que va a morir un perro.

AGC - Las cosas sin fin no mueren porque son sin fin y porque ninguna está hecha del todo, pero una cosa hecha, una cosa costituida, un olmo, la luna, un zorro, tú, yo, en cuanto cosas costituidas continuamente nos estamos deshaciendo, desmoronando. No es ésa la muerte contra la que estamos luchando aquí…

—    Es cuestión de tiempo, la luna en miles de millones.

AGC - No es ésa la muerte con la que estamos luchando aquí, para la cual da lo mismo los millones de años luz de la luna que los 70 años, 80 ó 90 que a nosotros se nos concedan: da exactamente igual. Aquí con lo que estamos luchando es contra la que nunca está aquí y por eso nos mata: la que nunca está aquí, ésa no parece que la luna, el zorro, el olmo, la conozcan para nada, ésa es humana. Es la peste contra la que aquí se está hablando justamente. Sí.

- Es que a mí lo que me parece que estamos haciendo es seguir un poco la costitución de los entes ideales a la hora de hablar de normalidad y de locura. Me parece que la definición de normalidad y de locura, como bien has dicho, pues es la intervención de los ideales en la Realidad, la intervención, o sea, la decisión de que las cosas tienen que ser de una determinada manera. Y eso nos pasa a nosotros, les pasa a los locos y les pasa a los animales y a las plantas y a las cosas…

AGC - No, no, hay que…

- …Y que hay muchos…

AGC - No, no, Mario, hay también aquí otro salto que  es: a las cosas cualesquiera y a nosotros en cuanto cosas, nos pasa esto que nos pasa: nos estamos deshaciendo continuamente por un lado, y por el otro lado estamos obligados a creer que cada uno es el que es y a tratar de subsistir, condenados a la Existencia. Eso es común. Eso es lo que hay, eso es lo que no se le puede negar a las cosas sin fin, ni a nosotros en cuanto seamos simplemente cosas. Lo que es específicamente humano es haber tomado partido por los entes ideales, haber llegado a creer que el ser el que es es la verdad dentro de la Realidad. Eso es lo que es específicamente humano.

- Sí, sí. Sí, si no lo decía por el hecho de que es específicamente humano, esta creencia efectivamente en el ente ideal. Si no lo decía porque las cosas…

    AGC - Y ésa es humana…

—    Pero si no lo decía porque…

AGC - …es humana de normales y de locos.

—    Que sí, sí. Si no lo decía porque las cosas tuvieran esta ansia de ser,

AGC - No, no: no la tienen.

- Si lo decía porque muchas veces se les acusa o se dice, se tilda de locas a las cosas, a los animales y a las plantas, y no solamente a los domésticos que andan por casa, que se dice que si las aves migratorias en lugar de ir de Norte a Sur como les tocaba, pues que hay alguna o algunas que van al revés, de Sur a Norte, y que parece que se han vuelto locas. O que también dicen que hay delfines y ballenas que si han ido a las playas y que si se han vuelto locas. O incluso pues yo también tengo un árbol cercano que pues tiraba p’arriba y que dio media vuelta y volvió a subir p’arriba y ha hecho un bucle, ¿no? En fin, que también es esta condena que tienen a, dentro de la normalidad…

AGC - Ya, pero ¿qué decías de estos casos?   

- Pues que mucha gente dice que parece que se han vuelto locos. Que la gente lo dice. O un árbol que florece en enero cuando era nevado…

AGC - Eso, ya sabes, no tiene importancia: somos (como todos los filósofos al mismo tiempo astrónomos) antropomórficos, es decir que tendemos a interpretar cualquier cosa que pase por fuera como si fueran hombres. Eso lo hemos dicho desde siempre y muchos de los mitos, incluso que tienen animales o árboles, están fundados en ese antropomorfismo que les imponemos a las cosas: el laurel se convierte en Dafne, Dafne esquiva dolorosa… Es una de las que pasan por la locura de amor como si fuéramos cualquiera de nosotros. No tiene importancia. Desde luego nuestra tendencia como dominantes, como creyendo que somos los que de verdad hay que ser, los que estamos arriba en la escala, es coger a cualesquiera otros seres y convertirlos en hombres, tomarlos como si fueran hombres, hacerles pensar y hablar. Naturalmente siendo nuestro estatuto, de hombres, falso de raíz como es falsa la contraposición entre sujeto y objeto, ni siquiera hay por qué preocuparse de estos mitos y de estas fantasías de los hombres que forman parte de su falsedad costitutiva. Bueno, tenía que haber más voces, ya sabemos que aquí cuanto más desconocidos mejor.

—    Agustín.

AGC - A ver.

- En un lado afirmas que las cosas se están desmoronando…

AGC - ¿“Se están”?

- Se están desmoronando, y por otro dices que las cosas son sin fin. [] me parece una contradicción.

AGC - ¿Cómo te puede parecer eso? ¿Le pasa esto a alguno más? Yo creo que no.

—    Se están desmoronando…

AGC - Se están desmoronando sin fin.

- Si están inmersas en una eternidad…

AGC - Se están desmoronando sin fin, se están desmoronando sin fin, continuamente. El continuo ése que dicen los físicos está tan fuera de la Realidad como el sinfín. Son cosas que están fuera de la Realidad y es justamente la Realidad la que se está desmoronando, desmoronando en cosas sin fin, perdiendo su costitución finita, definida, numeral, de ser 7, de ser 3.500, perdiendo esas condiciones y recayendo en lo sinfín. La continuidad misma, el desmoronamiento, es lo sinfín justamente. Bueno, más. Podéis sacar cualesquiera confusiones que os inquieten un poco.

- La idea de que la Realidad, o sea, ¿todo esto no es contrapuesto a la idea de que la Realidad podría no existir como tal? O sea, la contraposición objeto/sujeto… ¿Ser sólo en nuestra mente?

AGC - “Existir” no hay manera. Aquí el verbo ‘existir’, como es justo, como se inventó para Dios en las escuelas, lo identificamos con el término ‘Realidad’.  La Realidad es lo que existe. Real es lo que existe. Real, Realidad, Existe, pertenecen a la Realidad. La Realidad que es por supuesto falsa: porque no es todo lo que hay…

—    Está en nuestra mente la Realidad.

AGC - No es todo lo que hay (no ‘existe’, ‘hay’), no es todo lo que hay. Es por supuesto lo que existe, pero no es todo lo que hay. De manera que hay siempre más, fuera, hay cosas que todavía no se han hecho reales: hay un sinfín. No ‘existe’. ‘Existe’ no se puede decir porque ‘existe’ se dice para las cosas y nosotros ya sometidos a la Realidad, es decir, a las ideas. Para eso se usa, pero ‘hay’, hay sin fin.  

—    Podría ser que fuera al revés: todo está aquí.

AGC - Hay sin fin por la sola gracia de que la Realidad, como se reconoce enseguida, no es todo lo que hay.

—    Y profesor, ¿y lo que hay dónde está entonces?

     AGC - Lo que hay es lo que hay, no hace falta preguntarlo, no está en ningún sitio porque está en cualesquiera sitios…

—    En nuestra mente.

AGC - …y nunca en un sitio fijo.

—    Es que a lo mejor está en nuestra mente sólo. Lo que hay está aquí.

AGC - ¡No me digas! ¡No me digas! ¿No te estás refiriendo que lo que está en tu mente es la Realidad?, porque no es además la tuya sino la del idioma que te ha tocao humano. Eso es lo que podías decir que está en tu mente, pero el que hables de tu mente… pues lo que hay es lo que hay. Lo que hay es lo que hay y no lo manda nadie. La escala era, como recordáis, lo primero es “Hay algo”, porque la simple pregunta, de si hay algo o no, implica ya su contestación: “Hay algo”, si no, no habría ni siquiera pregunta. No habría ni siquiera pregunta: “Hay algo”. Luego se dice “Hay cosas”, simplemente porque no puede haber una. Eso sería ya una ideación, y “Hay cosas” en una pluralidad vaga. “Hay por otra parte los entes ideales”, está Dios en lo Alto, Dios matemático, que es lo mismo que el hombre y la mente humana [], son los meros herederos. Eso también lo hay y está incidiendo sobre las cosas, y eso las convierte en Realidad. En Realidad, es decir, cosas ideadas, entre ellas nosotros, y luego aparte de todo eso hay lo que no es Realidad, porque la Realidad no es todo lo que hay, de manera que hay sinfín, por supuesto. Lo digo lo último pero podría decirlo lo primero.

—    ¿Fuera del espacio y del tiempo?

AGC - ¿Qué?

—    Lo que hay.

AGC - No, el espacio y el Tiempo son partes de la Realidad, son formaciones de la Realidad. El Tiempo de las horas, los minutos y los segundos, eso es de la Realidad, típicamente humanos. Y la Realidad…

—    ¿Y lo que no es de la Realidad…?

AGC - Y la Realidad no es todo lo que hay. De manera que ya no hace falta decir más: no es todo lo que hay.

- Pero a mí la confusión se me presenta con la cuestión de cosas. Yo diría que es que cosas están agarradas por el vocabulario semántico, es que no hay cosas que no obedezcan a una significación lingüística, a una palabra con vocabulario semántico. Es decir, que pertenecen a la Realidad clarísimamente. ¿Dónde están esas…?

AGC - Bueno, otra vez, paciencia. Supongo que a algunos de vosotros…

—    Es que no se puede. No se puede.

AGC - Supongo que a algunos de vosotros no os hace falta ya este recordatorio al que Isabel nos obliga…

- Cuando tú dices “la Realidad no es todo lo que hay”, hasta ahí, pero cuando ya me metes en lo de las cosas… Yo es que a las cosas las llamo por su nombre: rosas, anillo…

AGC - …Supongo que a muchos de los que me acompañan no les hace falta esto…

- …nubes, luna. Son cosas que tienen nombre, y al tener nombre están condenadas al idioma y a la Realidad.

AGC - …que no les hace falta, porque además el otro día todavía salió y lo estuvimos diciendo, pero paciencia…

—    Es que me chirría. No: es un cortocircuito, chirría a la razón.

AGC - Pero paciencia. A mí me gustaría cada vez que vengo poder decir cosas que, aunque sea siempre lo mismo, son siempre nuevas que se me ocurren y por tanto esto de tener que repetir una cosa ya dicha [] justamente me revienta, pero paciencia, paciencia. El otro día, la última vez que salió ‘grados de Fe’: la Fe es costitutiva. Hay una primera Fe que es relativamente inocente que es la que basta para ir tirando, que es la que consiste en los significados de las palabras del idioma de la tribu que sea.

—    ¿Y eso no es cosa?

AGC - Ésa, el significado, es la primera intervención de los entes ideales, es la Fe más modesta y evidentemente está falsificando, está falsificando porque ha hecho de las cosas que son sin fin y que de ninguna manera una puede ser la que es, las ha convertido en zorros, en olmos, en rosas, en luna. De manera que…

—    Y eso es Realidad.

AGC - …ésa es la Fe modesta, la que se usa para ir tirando. Ya falsifica, ya falsifica de alguna manera pero no hace todavía daño. Lo importante es subir desde ahí a las otras zonas del vocabulario. En cuanto desde ahí a la Fe se la deja empezar a creer no ya en significados de las palabras vulgares sino en entes superiores, como decía [] todavía, nos encontramos enseguida con que puede aparecer “Talavera es una Unidad de Destino en lo Universal”. Estamos ya en el lenguaje superior. “El Universo comenzó con el Big Bang”, o mejor todavía “El Tiempo empezó ahí, con el Tiempo”.  Por ahí se puede llegar a todas la Teologías que han oprimido a las hordas humanas desde tiempo y a la Ciencia misma que ocupa el lugar de las Teologías, y desde luego a la dominación política que no puede contentarse con el significado de las palabritas corrientes, no: que tiene, como veis por los periódicos todos los días y las voces de los diputados y políticos, tiene que emplear lenguaje superior, lenguajes abstractos como si fueran cosas así, a hacer creer que la Deuda Pública del año 2034 será tanta y cuanta, como si fuera Dinero; a hacer creer en las definiciones de las Patrias, de los Estados y todo eso; os hablarán de Sociedad, de Humanidad, de Economía, palabras que no pertenecen a la lengua baja, que están todas ya en la zona Alta. Y ésas son las que evidentemente, según si se eleva más para Arriba, pues son las que más contribuyen a la dominación, dominación de la Fe y la dominación por tanto de la muerte, a la Administración de muerte. De manera que eso no quiere decir quitarles a los significados de las palabras de un idioma su carácter maligno.

- Las cosas son sin fin, ¿no podríamos pensar que la muerte es una cosa sin fin también?

AGC - No. La muerte no puede tener fin porque es un fin. La muerte es el fin. La muerte, quiero decir: la muerte falsa y real, la que nunca está aquí. Ésa es un fin.

- La muerte es la Realidad. La muerte siempre futura es la Realidad. Para que la muerte siempre futura no fuera la Realidad…

AGC - Es un fin. Es un fin. Es el fin, por tanto no tiene sentido lo que propones La muerte es justamente el fin. Es la…

—    ¿Y para que la muerte no fuese un fin?

AGC - …Es la definitoria. Es como si me dijeras ¿Al que define se le puede considerar una cosa vaga, sin fin? No, por favor: el que define define. Es como si me dijeras que a Dios se le considerara efectivamente como una cosa sin fin, porque los teólogos tenían que arreglárselas para decir que al mismo tiempo que era todo, omnipotente, al mismo tiempo era infinito. Pero la trampa era tan clara que nunca pudo llegar a convencer a nadie más que muy a la fuerza, ¿no?

- Es que los místicos, lo que consideramos muerte, ellos lo consideran vida, ¿no?    

AGC - No, hija mía: vida es lo otro, lo que no es la muerte siempre futura. Ésta. Muerte es ésta, la que está  pasando ahora. ¿O crees que no está pasando ahora? Nos estamos muriendo, vamos, eso es una cosa evidente y quien en esta sala se crea que no se está muriendo ahora mismo y según estamos hablando y oyendo, pues será porque no quiere, porque tiene que defenderse de alguna manera. Pero, vamos, es evidente. Eso es vida, eso es muerte. La otra es el objeto de nuestro ataque: la futura, la que nunca está aquí, la típicamente humana. ¿Qué más respecto…? Sí.

- Bueno, yo lo que quería decir es que lo que no cabe duda es que somos seres muy limitados, o sea, tenemos un cerebro… Hablando de nosotros, de los seres humanos, nuestro cerebro es muy limitado; hay libros por ahí que dicen “El cerebro nos engaña”. O sea, ya empezando por ahí, o sea, nuestro propio cerebro nos engaña. Es muy difícil ser.

AGC - Muy bien, pero tú no crees nada de eso, ¿verdad?

—    Todo.  

AGC - Tú no crees nada de eso.

—    Yo me lo creo.

AGC - …Eso es lo que has leído. No, no. No te lo crees. Tú nunca has visto un cerebro…  

—    Me lo creo. Que es muy difícil ser.

AGC - …Tú nunca has visto un cerebro ni pintado siquiera. Ni siquiera…

—    ¿Y eso de conocerse a uno mismo?...

AGC - Ni siquiera en una lámina de vídeo.

—    ¿Y eso de conocerse a uno mismo?...

AGC - No. No me has oído cuando estaba sacando la cuestión de la locura: la manera en que os presentaba y me presentaba a mí mismo frente a un loco, estaba para impedir lo que de ordinario se piensa: que es que viene del cerebro, que hay algún trastorno en las células del cerebro o del cerebelo y que de ahí viene…

- No, no, no, no, no es eso. Es por ejemplo: yo tengo un primo esquizofrénico, su gran tragedia es la falta de autoestima.

AGC - Tú no definas, habla de tu primo pero no definas.

- No, que es que tengo que hacer ese comentario.

AGC - Es que… No emplees palabras cultas como “autoestímulo".

—    No, no: es su gran tragedia.

AGC - ¿Eh?

- Es su gran tragedia: su situación en la familia…

AGC - Pero dilo de otra manera, no emplees una palabra culta como
“autoestímulo”.

—    Eso es…

AGC - Perdona, es que es una regla de aquí: todas las palabras que pertenecen a esos niveles son ya de por sí sospechosas, están inventadas para engañar. Yo, como ves, trato…

—    Pero, ¿yo usé palabras cultas?

AGC - …Trato de hablar todo el rato con palabras corrientes. ¿Qué es lo que…?

—    ¿La ‘autoestima’ no es corriente?

AGC - …¿Qué es a lo que llamas falta de autoestima?

—    ¿Falta de autoestima?

AGC - Dicho en lenguaje corriente.

    - A sentir que no le valoran, que no le quiere nadie desde que fue pequeño. Su situación en la familia, digamos, pues llegó pues tenía hermanos mayores, hermanos pequeños, pues llegó, tuvo un estatus donde nadie le hizo ni caso, en una palabra. O sea, donde todos eran mejor que él, todos. Todos los que le rodeaban eran mejor que él.

    AGC - ¿Lo dices tú o lo dice él?

—    ¿Eh?

    AGC - ¿Lo dices tú esto o lo dice él?

—    Lo deduces por todo lo que dice… Lo dice él.

    AGC - ¡Ah!, que lo dice él

—    Lo dice él. En una palabra. Entonces inventa que hay veneno por todos los sitios, ¿no? O sea, yo más que nada…  Claro, sus padres están destrozados: “Mi madre no me quiere” le dice a la madre, y a lo mejor es verdad. O sea, que a lo mejor es verdad que su madre no le ha querido nunca. ¿Entiende lo que…? Quiero decir que es muy difícil, como seres humanos, ser. Ser seres, ser ser. Es dificilísimo.
    
    AGC - No, no, no, no, no. No filosofes. No filosofes, por favor.

—    ¿Pero por qué voy a…?

    AGC - Lo que has dicho de tu primo ahora en leguaje corriente es mucho más útil, yo creo, y más sensato…

¬    - No: es que es muy fácil echarle la culpa al Poder también, es muy fácil.

AGC - No se trata de que yo te anime a que busques las causas de la locura de tu primo en esas condiciones familiares. No te animo, pero desde luego te desanimo más todavía a que las busques en el cerebro o en sitios de esos de los que…

—    ¬Hombre, yo tengo cerebro. No sé usted, pero yo tengo cerebro.

AGC - …de los que querías hablarme antes. En cuanto a lo del ser, por supuesto, por favor, no filosofes…

—    Éste no tiene nada, tiene paja.

—    Pero ¿por qué no?

AGC - …aquí no se filosofa.

—    ¬¿Por qué no? Yo tengo un cerebro.

AGC - Se ha dicho que cosas son sin fin, porque no puede ser una. Que luego vienen los entes superiores, las ideas, que son las que nos imponen primero el vocabulario corriente en el cual el cerebro puede estar medio incluido, por ejemplo ‘seso’, y que después tiene otras zonas superiores y más abstractas…

-  [] por ejemplo y no es ningún…

AGC - Y todas esas zonas son las que imponen el ser, la pretensión, no difícil sino imbécil de que una cosa siendo sin fin tenga que ser la que es, como el Ser de Parménides. Eso, no sólo es que sea difícil es que no tiene sentido.

—    Bueno, pues es muy difícil ser un ser humano…

AGC - No, no: no tiene sentido.

—    …Y ya está, es muy difícil.

AGC - Cuando una cosa no tiene sentido…

—    Pero ¿cómo no puede tener sentido decir que es difícil?

AGC - …Cuando una cosa no tiene sentido, porque las cosas…

- []

AGC - …las cosas, tú y yo nos estamos deshaciendo continuamente, somos perdiéndonos en lo sin fin, y la pretensión de que desde Arriba nos viene de ser el que somos, es una pretensión que nos viene, como si dijéramos, por Dios, pero no tiene sentido. No tiene sentido…

—    Que somos limitados ¿tampoco tiene sentido?
 
AGC - …En la Realidad no cabe verdad ninguna.

—    Que somos superlimitados ¿no tiene sentido?

AGC - No: déjame de “limitados”. Somos lo que estamos diciendo y sobre todo lo que estamos diciendo que no somos. Es simplemente no tiene sentido la cuestión de ser. La cuestión de ser está impuesta desde las zonas más superiores del vocabulario, viene a matar las posibilidades éstas de perderse sin más, es decir, dejar de ser, que es difícil, eso sí es difícil porque cada uno está obligado a defenderse. De lo Alto le mandan ser el que es, y por tanto el renunciar a eso, que es lo que en esta tertulia política se intenta, eso se puede decir que es difícil.

—    Pero de lo Alto y de lo bajo.

AGC - Eso se puede decir que...

—    De lo Alto y de lo bajo también ¿eh?

AGC - Eso sí que se puede decir que es difícil. Lo otro es simplemente mentiroso, contradictorio. Lo del ser es mentiroso, contradictorio. Bueno, ¿queda alguna cosa más?

- Quizá convendría recordar esa película que tú mencionabas aquí una vez,  a propósito de esto de la esquizofrenia¸ aquélla de Julio Mede, ¿no?, que hablaba de los esquizofrénicos¸ que una de las cosas que se podía sentir en la película lo ridículo que era la categoría esquizofrénica.

AGC - ¡Ah!, claro.

—    ¿No?, que había tantos casos, había tantas formas, tantas posibilidades, que decir “Eres esquizofrénico” era absurdo.

AGC - No me he molestado mucho en poner en ridículo a la Ciencia y al cerebro y todas esas cosas porque ya lo hemos hecho otros días, habrá que volver, pero es así. ¿Qué?

—    Que no, que como tienes un cerebro muy []

—    Mario.

—    Allí.

—    ¬No, que no sé, me parece que la última…

—    No, no, Mario, tú, ¿eh? Yo ya con cerebros no, paso.

    - No, si es que tenía pedida la palabra. Digo que la última intervención de Isabel, cuando ha dicho que si le parecía que todas las cosas tenían nombre, si le he entendido bien lo que decía, me parece que…

—    No: las mayorías, no todas.

AGC - Bueno, era una confusión. Yo creo que ha quedado aclarado.

—    ¿Sí? No sé, a mí me parece…

AGC - Una cosa que…

—    ¿Y las que no tienen nombre, es que no son ni cosas siquiera?

AGC - No habría pasado eso, aunque justamente le había tocao (para que se vea cómo es la cosa) copiarme, para enviar a La Razón, un artículo donde se decía esto que le he dicho lo había borrado, lo había copiao pero lo había borrao, y por eso sacó…

—    Era muy espeso. Más espeso que el chocolate.

AGC - No, no: era tan espeso como que era esto que te acabo de decir aquí:…

—    Muy espeso era, para un lector normalito, para un loco a lo mejor.

AGC - …distinguir la zona del vocabulario elemental de las otras zonas sucesivas…

—    Te voy a llamar “cerebro” como sigas así, ¿eh?

—    Descerebrao.

AGC - ¿Que vas a qué?, ¿cómo? ¿Qué vas a hacerme?

- Que te voy a llamar “cerebro” como sigas así. Porque estás haciendo aquí una especie de arreglo de así, de trapillos, de andar por casa.

AGC - ¿Y a eso le llamas tú ‘cerebro’?

—    De andar por casa. Sí, venga, vamos a otra cosa.

AGC - ¿Y a eso le llamas tú ‘cerebro’?

—    Pues eso…

—    Una cosa…

AGC - A ver.

- Igual se podía dar un poco más de razón a lo que les pueda pasar a los locos, o por lo menos a esos casos de angustia, que se les rompe, como dices, como la celda o la casita que tenían montada con ideas y más o menos familiar y les empieza a extrañar la locura ésa de que se monte ese tinglao, que a lo mejor no hacía ni falta, y a lo mejor lo estaban sintiendo, y a lo mejor tienen prisa por decirlo, y la angustia ésa es
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