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  • Agustín García Calvo
  • Agustín García Calvo (1926-2012)
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08.01.2012

Un loco entra en Madrid

Un loco entra en Madrid

Un loco entra en Madrid   

La historia de un zamorano singular que se pasea por la capital de España con ojos de querer verlo todo sin tener en cuenta su propia condición, la que le ha llevado a escaparse de un psiquiátrico.

M. A. Casquero Fernández

(relato transcrito por Agustín García Calvo mediante conversaciones telefónicas)

08-01-2012

Relato publicado en el Dominical de La Opinión de Zamora, 08-01-2012.


Que es que tengo que contárselo a alguien, porque a ver si no, que aquí me han vuelto a meter en este ala que llaman de convalecencia y la verdad que estoy muy bien, muy bien que estoy, que ni el asma de Dios ni temblequeos y me he dormido una siesta de tres horas y, como que iba a mear, me he salido al patio a fumarme tres pitillos seguidos porque aquí no me dejan día ni noche y la Pepsi que es la que está de guardia ni se ha enterado, así que ahora tengo que contarle a alguien lo de la escapada a Madrid porque tiene su interés, coñe, y no se me va de la cabeza y si quiero contárselo a la Pepsi me va a mandar a hacer gárgaras y que se creerá que es que quiero engatusármela para algo bueno, que no deja de estar buena la tía y si se dejara le metía a mis sesenta y todo dos polvos seguidos que se iba a quedar tonta, pero que ni me va a hacer caso y además ya le habrá contado el de la ambulancia en resumen y malamente, así que lo que vaya hacer, ya sé, que como es casi la hora de llamar al maestro, ya saben que estos últimos años que sigo alojado en el pisquiátrico con mote de esquizofrenia u otro de los que me han ido poniendo, le hago todos los días una llamadita para decirle cómo voy, que a veces le hago más de una y se me enfada un poco pero yo a este hombre le tengo más fe que a nadie en el mundo quitando a mi padre o, bueno, sin quitarlo, que cuando era estudiante me leía las cosas que sacaba y casi me las aprendía de memoria y todavía aquí no dejaba de repasar sus libros si no los olvidaba en algún bar o me los robaba alguno, así que, como llamar por el móvil en esta unidad sí que me lo consienten, lo que voy a hacer es llamarlo, ya lo estoy llamando, y contarle lo que me pasó, ya se lo estoy contando, en la escapada esa: que es que el martes pasado después de que él se había vuelto a Madrid y me dejó aquí encerrado como siempre, pues que me dio el arranque y aprovechando un descuido me escapé con algo de dinero que me quedaba y fui y me metí en el autorrés y camino a los madriles con la intención de ir el miércoles a eso de la tertulia que él tiene en elAteneo, conque allá me dejó el autobús en un laberinto triste de cemento y goma y ruidos de la estación del sur que no estaba en el Madrid de mis recuerdos, y pordioseando de unos en otros en un bar para tomarme algo que me mandaban de unos en otros al carajo hasta que un señor amable me tomó a su amparo y me sentó a comer con él diciendo para que oyeran los camareros «pida lo que sea que como veo que es usted un hombre instruído, no tiene por qué preocuparse por la cuenta», y luego alguno me cogió en su auto y me dejó en Sol que yo seguía con la intención de ir a la tertulia a la calle del Prado lo que pasa es que debí de coger mal un metro y fui a parar a una estación allá a lo lejos de la calle de Alcalá que de allí con las playeras que me cocían los pies eché a andar Alcalá abajo ni sé los kilómetros que haría entre miradas risueñas de chicas al paso y caras más serias de alguno con quien al irme tambaleando me tropezara un poco, así hasta que llegué a dar por Velázquez, y por el barrio de Salamanca andaba tan ricamente deambulando aunque las chanclas que arrastraba eran un tormento, cuando voy y me paro con una de buen temple y collares largos que resultó ser colombiana que al fin cortó el palique y me despidió con una retahíla de rezos que me iban zumbando en los oídos según trotaba o me arrastraba por la acera abajo hasta que en un zigzagueo me topé con una airosa guapita que pasaba de prisa pero que tuvo a bien hacerme caso y se paró conmigo un rato que enseguida me enteré de que era, miusté por dónde, piscóloga o pisquiatra y se llamaba yo creo que Nora y hasta entre el palique me dio tres besos y cuando me dejó y yo seguía volvió unos pasos atrás y me da diez pavos «para que duermas en Madrid», y así seguía yo vagando de calle en calle que de vez en cuando algunos chiquillos se reían de mí y me decían al paso cuchufletas de la panza descamisada o las chanclas o las pelambres y desafeites que llevaba que no me hacían ni fu ni fa pero que las chanclas acabé ya por quitármelas que me hinchaban los pies y me dolían y tirarlas a la basura y así seguí la andanza descalzo por los adoquines que estaban calentitos hasta de noche con el sol furioso de agosto que había hecho y, e1 caso es que ya de vuelta por Alcalá se me pegó uno que lo llamaban el Piyuyo que él mismo me lo dijo y que se me puso muy amigable y mientras se fumaba en cadena americanos y me soltaba alguno ya me estaba proponiendo colaborar en un trapicheo de coca o no sé qué y yo encantado viéndome ya metido en el asunto sólo que al fin, que yo me escurriera a lo sordo o que él se aburriera de mi cháchara, el caso es que me veo otra vez solo por esas calles (que no es que me hubiera con estas diversiones olvidado de lo del Ateneo, lo que es que yo creo también que me pensaba «el maestro se va a espelufar conmigo si me presento en la sala de sopetón con esta pinta y no me va a dejar hablar en público que es lo que yo necesito y que lo hago así de bien, así que para qué»), en fin, así hasta que llego al encuentro con el millonario, que era un hombre de buena planta bien vestido, que ya luego él me enseñaba las etiquetas de las prendas que llevaba para que viera, pues que le llamé la atención por algo y enseguida se puso a convidarme en una terraza y más que a preguntarme a mí a contarme él de su vida, que si era abogado de un banco de los gordos, que si tenía una novia que estaba ahora enValencia, que es por lo que al fin me dijo «Vente a mi casa que estoy solo a cenar y a dormir si quieres, vamos», y allá nos fuimos, que era un pisazo de aúpa en una calle esquina de Alcalá con los suelos encerados y cortinones a las ventanas que allí me dejó bañarme en un baño grande de mármoles y doraduras y me dio luego unas gayumbas suyas para ponerme y andaba él haciéndonos la cena con las cosas que le quedaran en la nevera y allí cenamos unos platos de pasta y huevos y no sé cuánto más, que luego me empezaba a decir que si a dormir pero se echa atrás y lo que me dice es que si nos íbamos por ahí a echar unas copejas o lo que salga y yo tan pincho que me agarro a ello y allá nos vamos de ronda que en algunos sitios lo conocían y él me presentaba como filósofo ilustre y dejaba las consumiciones a fiado y cuando no (que lo que me extrañó y ahora que lo pienso es que no tuviera tarjetitas de crédito, conque a lo mejor es que no era millonario de verdad), pues con el dinero que él tenía y lo poco que me quedaba a mí más algún rumboso que le daba por convidamos íbamos pasándolo como Dios, bueno, como Dios no, recorriendo luces y músicas de calle en calle hasta por San Bernardo yo creo que llegábamos, y cuando empezó a palidecer la noche lo que se le ocurre al amigo «Hombre, lo que vamos a hacer es que cojo el mercedes que lo tengo recién cargao de gas y que con la marcha que tiene yo te llevo en un tripitrís hasta Zamora, venga, vamos a casa a buscarlo», conque yo que bueno y allá íbamos sólo que había que coger un taxi y no nos quedaban más que a él cinco pavos y a mí dos y con eso no íbamos a llegar pero lo cogemos y le da las señas y le dice «cuando marque 7 nos dejas en donde sea qué se le va a hacer», y el taxista refunfuñando así lo hace que de que llegamos no sé adónde sin más compasión nos dejó en tierra que era todavía lejos de la casa y yo estaba derrengao, con que va él y me dice, «mira, tú quédate aquí» en un banco que por allí había «y enseguida vuelvo con el trasto a recogerte», así que allí me senté y me quedé papando moscas tiempo y tiempo que sería primero media hora y después seguro que más de una hasta que de pronto me cansé y diciéndole al aire «pues si no quieres venir, mira» con un corte de mangas «y vete al carajo amigo» me levanté y me fuí de allí vagando de acá para allá por no sé qué calles hasta que me dejé derrumbar en otro banco y fue allí donde a eso de las 6 que me sonaron por alguna onda pararon unos con una ambulancia de SAMUR que bajan y me piden el nombre que yo se lo di, ¿para qué ocultarlo?, y sin más me meten y me llevan a un hospital pero ¡jo qué hospital! de 5 estrellas por lo menos que me tratan con to el mimo debido, me recibe una pisquiatra esbelta con los ojos grandes tras las gafas que me manda a dormir un rato a una alcoba regia, vive Dios, que dormí hasta no sé cuánto y me dieron de desayunar tan ricamente y luego otra pisquiatra más rellenita pero igual de simpática que la otra me examina un poco y me pregunta por mis andanzas sin más empeño que para cumplir y me dice lo que ellos saben de mí y me anuncia que más tarde cuando haya una ambulancia disponible van a devolverme al pisquiátrico de Zamora, conque me sirvieron luego un almuerzo estupendo con un medio pollito entre guisantes y patatas que no se me olvida todavía y así medio amodorrao fue pasando la tarde hasta que al fin vienen dos mozancones con sus galones amarillos que sin más percance me meten en la ambulancia y emprendemos a to trapo viaje al noroeste, que eran buenos chicos y me gastaban bromas como que me dicen una vez «Atento Miguel Ángel que estamos ya remontando el alto de los Leones y que vamos ya bajando» haciendo como que me engañaban como si no supiera yo que estábamos pasando por el túnel de Guadarrama derechitos a Zamora, y aquí me dejaron en buenas manos como siempre que son buenas tengo que reconocerlo por más que de vez en cuando me queje del médico jefe o de las enfermeras o celadores que aunque de madrugada que era me tuvieron un rato en el calabozo hasta saber qué hacían conmigo luego me sacaron y volvieron al buen trato, buenas manos, y aquí es donde sigo y así me ha dado por contarle la aventura al móvil y la oreja del maestro y a quien quiera oírla, que también tiene su algo esto de que haya tenido que venir un loco a contarles cómo es Madrid, que andan ustedes tos los días por esas calles de Dios y no se enteran.

 

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